Religión – 1999

19990603. Aborto… de cristianismo.

               Con motivo de la campaña electoral se ha puesto de nuevo en circulación un corrompido texto de Jesús: «En esto se conocerá que sois mis discípulos, si amáis a los fetos más que a vuestros prójimos».

               Ese falso y bárbaro mandato, que ha llevado a matar a mujeres, enfermeras y médicos en nombre… del Evangelio (sin que esos asesinatos hayan sido debidamente condenados por la jerarquía católica) está siendo empleado ahora en la práctica por los obispos españoles. Porque en vez de insistir en denunciar el abandono de la doctri­na central del cristianismo, la caridad para con todos y en especial para con los pobres, en los ayuntamientos y en Europa -tema que temen disminuya sus propios ingresos-, los jerarcas católicos exhiben una hipócrita piedad… para con los fetos, cuando en realidad el tema está fuera del ámbito de estas elec­ciones, al no ser estatales.

               ¿Cómo es posible ese aborto… de cristianismo, tanto fariseís­mo, tanto cinismo en nombre de la religión y de la moral? No se puede aguantar, y así lo ponen de manifiesto los ciudadanos, que cada vez asisten menos a las ceremonias de esos malos «pastores», y pagan menos el mal llamado «impuesto religioso», (en realidad, «clerical», ya que casi todo va a salarios del clero), ese 0,5 del IRPF por el que no tienen empacho en competir con «otros fines de interés social», es decir, con los pobres.

19991025. Atentados contra la laicidad constitucional.

                                   Es verdad que los tribunales de justicia obligan a veces a respetar la laicidad del Estado y la libertad de conciencia, como cuando ampararon a un militar al que querían obligar a asistir a misa, o negaron que una universidad pública, la Carlos III, estuviera obligada a tener una capilla. Pero todavía vemos en España demasiados militares acompañando -no digo vigilando- ceremonias de una -y una sola- confesión religiosa; también se continúan haciendo demasiadas -una sola ya sería ilícita- capillas, iglesias y hasta catedrales con dinero de todos los españoles, violando la libertad de conciencia de muchos.

                                   Estos días, millones de sellos de Correos nos obligan a todos a colaborar a difundir la transcendental noticia de la coronación canónica de no sé qué advocación de la Virgen María. Hay que recordar que somos muchos los españoles -la mitad ya entre los jóvenes, según las encuestas- que no creemos en esas cosas, y muy pocos, en la otra mitad que aún dice creer, los que realmente practican algo esa fe.

                                         Más aún, somos mayoría -bastaría uno, al que habría que respetar- los que creemos que esa imagen de la mujer, de la sexualidad y de la familia es incluso nociva. Y si a alguien le molesta que se lo recordemos, no tiene más que procurar que no se nos siga imponiendo a la fuerza, de esa manera anticonstitucional, su ideología. Es el colmo -aunque demasiado explicable- que en lugar de disculparse por ese abuso de los suyos todavía se pongan a atacarnos también por protestar. No habría anticlericales si no hubiera tanto clericalismo, ese intento de imposición política de la religión que es una caricatura y perversión de las mismas enseñanzas de Jesús.

19991025. Grave usurpación de una época por otra.

                    Un humorista, Máximo, dibujó a un Dios Padre muy viejo, que murmuraba: «Dicen que el Papa está viejo… ¿qué tienen contra los ancianos?». Contra los ancianos no hay que tener -como contra ninguna otra categoría- ningún prejuicio; pero sí hay que denunciar a quienes, aprovechándose de su posición privilegiada, se aferran al sillón cuando no tienen ya la capacidad mental o física para cumplir con las obligaciones de su cargo.

                    Cada cosa tiene su tiempo; y cada persona, para cada tipo de labores, también. «No se puede poner vino nuevo en odres viejos» nos advirtió el mismo Jesús, cuyo Nuevo Testamento vino a cambiar un Viejo Testamento de un Dios Viejo Padre, concebido «a imagen y semejanza» de un pueblo judío ya demasiado anclado en un pasado nómada y guerrero del que todavía hoy Israel no consigue liberarse.

                      Por el bien de unos y de otros, hay que vencer el orgullo propio, y el consejo interesado de las camarillas, y saber retirarse a tiempo. La «usurpación de otra época» no es menos grave ni dañina que la usurpación de otro territorio. «Quien tenga oídos para oír, que oiga».