Valor torero

Ha comparecido de nuevo ante el Juzgado de instrucción número 2 del Puerto de Santa María Rafael Soto, acusado de un presunto delito de asesinato en grado de frustración, por personas interpuestas, contra quien al parecer mantenía relaciones con su separada mujer. Los tribunales dirán si es o no culpable. Pero, aparte de su persona, es obligado reflexionar sobre el inchornoso espectáculo que en su día protagonizó un amplio sector de la opinión que, fascinada ante el gitano torero Rafael «de Paula», y dando por probados esos hechos y, en definitiva, por buenos, pidió su indulto.

Un destacado político extranjero dijo hace tiempo que lo que infama a un país no es el que se cometan crímenes, sino el que permanezcan impunes ¿qué diría del país en el que un crimen de esta especie, con tal premeditación y alevosía, encuentra tanta simpatía y es tan fácilmente condonado, incluso por algunos de los más difundidos y respetados medios de comunicación?

Sin duda, esta reacción colectiva no se habría dado si se hubiera tratado de un cualquiera, y no de un torero. Pero esto mismo la hace en definitiva aún más mas grave, porque muestra cómo en torno a ciertos ambientes del mundo del toreo, tal y como hoy se da en nuestro país, se refugia una visión del mundo que constituye, como pone de manifiesto este hecho, un auténtico bochorno para España. Y todo eso en nombre del «valor», la «vergüenza» del torero y del macho, y la «unión», «amor» y «respeto» conyugal que le debe la mujer. Claro está que cada cual se enorgullece más de lo que más le hace falta, para disimular ante los demás y ante sí mismo. Ya va siendo hora de que «la hora de la verdad» no sea la de enfrentarse a unas cornadas, la de entrar a matar a la bestia o a lo bestia, sino la de enfrentarse a la propia conciencia y vivir y dejar vivir a los demás… incluída la propia mujer.