Relaciones entre Lázaro y Pablos

Tema singularmente interesante es el que nos presenta el estudio comparativo de Lázaro y Pablos. Inicio u fin de una época literaria de la que son -con Guzmán de Alfareche- sus más típicos representantes, reflejan asimismo una época transcendental de la historia de España. Pues como toda la novela picaresca, la vida de Lázaro y Pablos pertenece al género de novela de costumbres, lo que las convierte en documentos de valor no sólo literario, sino también histórico y sociológico. Claro está que un sólo documento no puede servir para reconstruir fielmente toda una época; pero el eterno girar del pícaro motiva una descripción multicolor de lugares, ocupaciones y amistades, con lo que obtenemos -sobre todo de Pablos- un vivo retrato de la sociedad de su tiempo. Síntesis centrada en sus personas, y por ello unilateral, incluso, si se quiere, caricaturescos. Pero todo documento tiene forzosamente algo subjetivo, y la caricatura nos ayuda frecuentemente más para comprender la verdad que mil prudentes y metódicas observaciones de crítica histórica.

De ahí que quizá no seria difícil encontrar en tales esbozos líneas importantes para comprender el carácter efímero y notablemente estéril del imperio español en Europa (en América las circunstancias eran muy diferentes). En efecto: un pueblo mal nutrido y -consecuencia en parte directa de lo anterior- mal enseñado acostumbrado por largos siglos de reconquista o guerras civiles a una vida agitada, al uso de la violencia de las armas, con el consiguiente menosprecio del trabajo cotidiano, pudo llegar a dominar militarmente otras naciones, pero no a gozar de la paz interior -espiritual y material necesaria para establecer un prolongado y profundo diálogo con los otros pueblos. A esto habría de sumarse -aunque en parte ya esté incluido en ello- el problema religioso; pero un estudio de todo esto, bien que sea tentador, nos llevaría ahora lejos de nuestro propósito; limitémonos pues al análisis de Lázaro y labios en sus ambientes respectivos, investigación también básica para toda labor ulterior.

Utilizaremos para nuestro estudio la octava edición del Lazarillo de Clásicos Ebro, aparecida en Zaragoza en 1960 con prólogo de Ángel González Palencia; y la edición de la Vida del Buscón Don Pablos de los Clásicos Castellanos de Espesa-Calpe, Madrid 1951, prologada por Luys de Santa María. Vara mayor brevedad citaremos las obras con sólo las iniciales de Lázaro o Pablos y el número de la página de las ediciones mencionadas.

Tanto uno coso el otro comienzan su narración presentá-dose a sí mismo y a su familia: «Iues sepa V. M. ante todas cosas -dice Lazarillo (L 25)- que a mí llamen Lázaro de Tormes, hijo de Thomé Gonzales y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre…» Y labios: «yo, señor, soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente rabio, natural del mismo pueblo -Dios le tenga en el cielo-. Fue tal como todos dicen: de oficio barbero…» (P 11).

Ambos son pues de origen humilde, casi miserable; su familia es de costumbres poco honorables, y sus malos ejemplos les influyen decisivamente; siendo importante notar que la medida de esos malos ejemplos corresponde exactamente al grado de «picardía» y malicia que ellos alcanzarán: mientras que el padre de Lázaro roba en un momento de debilidad, y su padre adoptivo, el «moreno», por pura necesidad, el padre de Pablos comete desafueros tales que termina ajusticiado, e incitaba directamente a su hijo a la vida del hampa: «Decíame mi padre: ‘hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal’; y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos: ‘Quien no hurta en el mundo, no vive» (P, 14).

Consiguientemente, mientras el Lazarillo se lanza al vagabundeo movido por la más apremiante necesidad de subsistir, por puro instinto de conservación, agarrándose al primer oficio que le viene. Don Pablos ama la vida de buscón y no aprovecha los dineros de su herencia pare establecerse honradamente. Su conducta seguirá siempre esta línea divergente: les tretas de Lázaro son les de un niño, las del buscan son las de un profesional del hampa.

Un siglo de mil coyunturas históricas separa a Pablos de Lázaro, pero las desastrosas condiciones económicas del país (véase por ejemplo las consecuencias de una mala cosecha: L, 78) no han mejorado sensiblemente; una lucha feroz por la vida continúa en el primer plano de la conciencia del pícaro, y muchas veces no le deja ver otro cosa. El hambre ocupa sus pensamientos y motiva su acción, como en la novela moderna lo hace generalmente el amor, que en ellos sólo aparece tardía y accidentalmente, como concubinato en Pablos o arreglo económico en Lázaro. El hambre escarba implacable en el estómago del pícaro (52); los alimentos son siempre insuficientes- «unas ellas tísicas de pura flacas, unos caldos que, a estor cuajados, se podían hacer sartas de cristal delios (P 57). Al comer hay momentos de pesadilla: «Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo güerfano» comiendo así «una comida eterna, sin principio ni fin» (E 27).

La miseria hace que sus amos sean avaros hasta un grado increíble de refinamiento; avaricia que se manifiesta no ya en regalos o salarios de los que ni siquiera se trata, sino en lo más imprescindible, en mismas alimentos. Tas citas serían aquí innumerables. Baste decir que llegaban a hacer del no comer una gran virtud, come Lazarillo -a quien, por su edad y penuria económica le toca sufrir más a este respecto- se queja amargamente a propósito del clérigo (L 49) y del escudero (L 67). Por reacción el ícaro llega a desear tan profundamente el nutrirse que en su obsesión llega a aforar los alimentos: «Yo por consolarme abro el arce y, como vi el pan, comenzelo de adorar, no osando recibillo» (L 52: aquí hay también una trasparente alusión a la eucaristía).

Aunque pobre, aquella sociedad se muestra altamente orgullosa de su alcurnia (el escudero de Lázaro) y de los triunfos militares agigantados por los soldados veteranos (recuérdese en que encuentra labios en su camino a Madrid). El buscón, que vive en la corte, nos presenta más detenidamente este aspecto de la vida nacional. El deseo de figurar se manifiesta particularmente en el ansia de estar bien vestido, que tantos quebraderos de cabeza ocasiona a los pícaros: «Tenemos de memoria para lo que toca a vestirnos toda la ropería vieja» (:e. 118). En menor escala, también nos presenta vivamente no sólo la presunción del escudero, come acabamos de indicar, sino que él mismo en cuanto puede, ahorra «para me vestir muy honradamente de ropa vieja. Desque me vi en hábito de hombre de bien, dije a mi amo que se tomase su asno, que no quería seguir más aquel oficio» (1498).

Si nos fijamos ahora en otra característica aún más acusa-da de aquella época, la preocupación religiosa, aquí vence fácilmente el lazarillo. Su lenguaje está empedrado de frases bíblicas y alusiones religiosas, tal y como hemos visto referente a la eucaristía. Su trato es casi preferentemente con personas que de una manera o de otra se relacionan estrechamente con la religión: ya laicos, desde el ciego que saca dineros ofreciéndose a recitar oraciones, hasta el buldero que se dedica exclusivamente a ese negocio y cuyos fraudes son mucho más graves; ya clérigos de todo tipo cuya avaricia y lujuria nos describe descarnadamente, bien poniendo la primera como connatural con el hábito de clerecía (L 46), ya insinuando más o menos abiertamente la segunda, como en el fraile de la Merced y el arcipreste de Toledo. Fácilmente se comprende que fuera puesta en el Índice una obra que no solamente hacía una fuerte crítica directa de distintos aspectos de la vida religiosa del país, sino que la remachaba aún reflexiones y generalizaciones de cosecha propia, como la citada de la avaricia de todo clérigo o la que cierra la aventura del buldero (¡pocos aros después que Lutero!) al darse cuenta Lázaro del engaño: «Y aunque mochacho, cayóme mucho en gracia y di e entre mí: ‘Cuántas distas deben hacer e tos burladores entre la inocente gente’ (L 96).

El interés de Pablos por la religión muy inferior, pero no puede desentenderse de un ambiente en el que lo religioso juega un papel fundamental y que le servirá en último momento para huir de la justicia, acogiéndose a sagrado. Así pone de manifiesto, como Lázaro, las hipocresías de quien bajo capa de piedad se introduce en las casas para robar a los incautos; su cultura le permite traer a colación la figura del clérigo de los cien mil versos, cuya indigestión intelectual expone a pública picota. Quizá lo más interesante de todo sea su crítica ingeniosa a la Inquisición y al temor exagerado que provoca en la escena de la cocinera amedrantada por haber dicho «Pío, pío» a los polluelos.

Como hemos podido observar e lo lago de este esbozo, el lenguaje de Lazarillo es más arcaico, pero si bien su vocabulario nos resulta a veces ininteligible, su lectura es más suave que la de Pablos. cuya sintaxis revela ampliamente el barroquismo de la época; amén de que su realismo hasta lo repugnante (vómitos, etc p. 73), su humor negro (narración por su tío de la muerte de su padre P 69) y sus múltiples , peculiares exageraciones indican mejor que cualquier firma quien sea su autor.

Por otra parte el estilo de Pablos es de simple narración de los hechos, sin comentarios ni reflexiones o moralejas, exceptos las añadidas algo articialmente al comienzo fin de la narración. Lázaro, por el contrario «aunque bien mochacho», ya desde la edad de diez arios sacaba conclusiones de la actitud de su hermanito negro al asustarse ante su padre (I, 27); disposiciones para la reflexión que se acentuaron cuando el famoso golpe que le dio el ciego contra la bicha, con el que «en aquel iris ante desperté de la simpleza en que como niño estaba dormido (L 30) y fue su verdadero bautismo de pícaro.

Esta reflexión sobre si mismo no impide sino que hace más dolorosa su conciencia de no ser responsable de sus desdichas, sino mero juguete del destino (L 76), mientras que Labios, en sus únicos momentos de reflexión ya señalados reconoce franca-mente que cuanto le pasa es por culpa propia, por su afición a no trabajar. Y lo que es aún más curioso, este carácter reflexivo no logra tampoco quitar a Lázaro su encantadora sencillez, su infantilismo. Laza/o será siempre para nosotros el Lazarillo, mientras que llamaremos en toda momento al buscón Don Pablos. Sus mis-os apelativos se manifiestan como la más adecuada ex-presión de sus respectivas personalidades.