Política – Mundo en general – 2008

20080818. La Época de la Hipocresía.

Hay quien sostiene que la hipocresía es el torpe homenaje que el vicio rinde a la virtud. Pero hay homenajes que resultan empalagosos, incluso vomitivos. Vemos estos días a un Berlusconi, que está en la política para no estar en la cárcel por sus negocios, que hace cubrir el seno de un cuadro simbólicamente llamado: “La Verdad desvelada”. Y a unos socialistas que aprueban “por progresista” una ley de 65 horas de trabajo o 18 meses de encierro de inmigrantes, “porque había algunos países en que la cosa era aún peor”. Y a unos eclesiásticos que niegan la comunión a los niños celíacos cuando es evidente que no sabemos si, ni cual levadura tenía el pan que repartió Jesús a sus discípulos; y el mismo Papa anterior no tuvo escrúpulos en darle de su mano la comunión a Pinochet, como otros han hecho con dictadores aún más sangrientos. Quizá la nuestra termine llamándose la Época de la Hipocresía, si no rechazamos esos homenajes farisaicos y exigimos un respeto sincero a la honestidad.

20081028. El adiós de Bush.

La actual crisis económica, debida fundamentalmente a la crisis política y económica estadounidense, explica el enorme impacto emocional, hasta provocarme un accidente doméstico, que tuvo la reelección de Bush. Lo he recordado ahora, cuando la prensa se hace eco de la propuesta de un ciudadano de celebrar una gran fiesta el día que Bush tenga que abandonar la presidencia. De hecho, también recuerdo que, en un acontecimiento parecido, la manifestación por el aniversario de la guerra de Iraq, pocos días después de la pérdida del Gobierno por parte del PP, en la que el lema más coreado fue: “¡Qué felicidad, vivir sin Aznar!”.
Como nunca faltan listillos aguafiestas, un periodista, “contreras”, profesional, se ha opuesto a dicha iniciativa del público, diciendo que supone servilismo (¡!) a lo que pasa en Estados Unidos, con el fácil recurso de exagerar hasta el ridículo lo que el oponente podría pensar si fuera tan tonto como se le quiere presentar. No se sabe qué admirar más: si llamar “servilismo” a una manifestación de alegría por liberarse de tal tirano, o el negar la (en eso, pésima) influencia que ha tenido y tiene aún su política en nuestro mundo.