Justicia – 2011

20110115. Atropello a la justicia de Farruquito.

                                Conduciendo alocadamente, atropelló y mató a un ciudadano. Huyó, sin intentar prestar auxilio a su víctima. No tenía carnet. Mintió, hasta el punto de procurar que su hermano cargara, literalmente, con el muerto. Y ahora, tras apenas dos años de cárcel, lo vemos libre y desafiante, provocando por televisión, riendo al volante. Así se burla descaradamente de su víctima, y de la justicia, con minúscula, porque la otra, ya sabemos hasta qué punto ha vuelto a fallar en el caso Farruquito. Si queremos una España en que no pueda atropellar a la justicia cualquiera que lleve, de alguna manera, la voz cantante, es decir, una Justicia de verdad, igual para todos, que respete y haga respetar a las víctimas, y que todos tengamos más seguridad jurídica y física, debemos reaccionar hasta que deje de reírse ese delincuente y sus cómplices, que son todavía demasiados a todos los niveles, incluidos jueces, “famosos” y algunos medios de comunicación.

20110303. Robo de bebés.

                                  Un titular de prensa me llenó de alegría: “Comenzó el juicio por el robo de bebés en la dictadura”. Por desgracia, el texto aclaraba que sólo se refería a la Argentina, cuya dictadura terminó mucho después, pero que, como en tantas otras cosas, y lo mismo en otros países, nos ha adelantado mucho en hacer justicia por esos y otros elementales derechos humanos. Nuestra transición es, en demasiados aspectos, un ejemplo… de lo que no debe serlo.

20110711. Reto a la Justicia.

                                 Cuando un diario de máxima difusión acusa formalmente, con múltiples detalles, la apropiación indebida de edificios, terrenos y olivares por parte de una organización, sólo caben dos alternativas, dada la extrema gravedad de la situación. O bien la Justicia interviene de oficio para juzgar y castiga como se merece ese inmenso latrocinio o a esa inmensa calumnia, o hay que constatar, con todo lo que ello supone, que no vivimos en un Estado de Derecho, dado que prevalece hasta ese punto, y a sabiendas, sobre la más elemental justicia, un poder fáctico, sagrado o profano.