Ecología – 2000

20001224. Consumismo.

       Hay que exigir a ciertos periodistas un poco más de responsabilidad. Por ejemplo, a la locutora de una importante cadena que nos “regalaba” una incitación al consumismo, hablándonos el 24 de diciembre que este día “aparte de los regalos que podamos recibir, tendremos abundantes lluvias”. No digo que esos comentarios añadidos, esas “cuñas”, sean siempre deliberados, pagados bajo cuerda por los grandes grupos comerciales: pero, al menos, reflejan inconscientemente y refuerzan tendencias tan destructivas como el actual exagerado consumismo que, tras brillantes envoltorios, tanto dañan nuestra economía, provocando una cada vez más desequilibrada e injusta distribución mundial de los recursos, a los que va destruyendo de modo acelerado y muy alarmante, sobre todo en lo referente a los no renovables.

20001213. Falta de conciencia ecológica.

La reciente cumbre de La Haya y la falta de reacción popular ante su fracaso es una prueba más de la tan irresponsable como todavía generalizada actitud de “-Después de mí, el diluvio”. Diluvio que no ya “después”, sino incluso ahora mismo está dándose, junto con otras muchas catástrofes naturales, como la sequía, en el mundo y en distintas partes de la misma España.

     La explosión poblacional del siglo XIX en el Norte y en el XX en el Sur, y más aún el actual desaforado consumismo, son el yunque y el martillo que están ya destrozando la calidad de vida de las presentes generaciones, desde los cementerios nucleares en el fondo de los mares hasta la basura acumulada por múltiples expediciones en las mismas cumbres del Himalaya, e incluso la “chatarra espacial” de la estratosfera, pasando por el envenenamiento de los ríos, la erosión de las tierras y las lluvias ácidas.

No es que ya no nos dejen ni respirar –tan peligroso hoy en ciertos lugares y tiempos-, sino que nosotros mismos contribuimos a ello con supersticiones tan nocivas como las que han fomentado la multiplicación cancerosa de vivientes y el confundir el progreso y la felicidad con un consumo cada vez más envenenador del conjunto la vida vegetal y animal; lo que implica, en definitiva, un insensato intento de suicidio colectivo de la especie que tan prematura como inexactamente se autocalifica de racional.

20001123. Impresoras con sorpresa muy cara.

             Atraído por su propaganda, como «la más barata del mercado», hace unos meses adquirí una impresora para mi ordenador, la «Lexmark Z11», por apenas once mil pesetas. Pero al ir a comprar el nuevo cartucho de tinta me han pedido por él… más de nueve mil pesetas. Me han dicho que una asociación de consumidores ha alertado a sus socios que, por ello, lo más barato resulta, en definitiva, y con mucho, «gracias» al coste de manutención, lo más caro. Vaya, pues, este aviso en beneficio de los lectores, esperando que un día, si no ya la ética, sí una regulación más estricta de las normas comerciales no permita «sorpresas» tan desagradables a los usuarios, especialmente los de menos recursos, a los que «Lexmark Z11» seduce en más de un sentido.

20000510. Toreros.

                        A diferencia de algunos antitaurinos, a mí me parece bien colocar alrededor de las plazas de toros, como en Las Ventas, estatuas de toreros muertos. Yo incluso situaría junto a esas plazas –como antes se ponían junto a las iglesias los cementerios- unos monumentos fúnebres a todos los que murieron en la triste e indigna labor de divertir con ese nuevo circo romano al “respetable” (¡!) a base de poner su vida en peligro.

           Porque, no nos engañemos, esa es la fascinación morbosa y cruel que llena las plazas. Lo prueba el que aumenta el número de espectadores tras la muerte de un torero. Lo confirman las violentas, brutales protestas de los aficionados contra cualquier intento de hacer menos peligrosas las corridas, como con el afeitado de las astas del toro. Cuando en todo el mundo civilizado está prohibido que los equilibristas actúen sin una red protectora, aquí, como elemento básico del “arte”, se sigue exigiendo que los toreros no estén protegidos.  Para eso pagan caro los espectadores, y muy caro algunos toreros. Ese es el atractivo supremo de las corridas: no ya la “suerte” de los toros, que ya esta asegurada, sino la suerte de los toreros; la posibilidad –digámoslo claro, la esperanza- de conseguir algún día el plato fuerte, premio “gordo” de esa siniestra lotería: el asistir en directo a la muerte de un torero, víctima “voluntaria” del hambre,  de la avaricia o/y del orgullo. De ahí el que los videos de las corridas no sean apreciados por los aficionados a esas emociones.

          Empieza la temporada taurina, se ha levantado la veda sobre la vida humana: ¡Apuesten, hagan juego, “señores”! ¿Cuál será el próximo trofeo –cabeza, busto o cuerpo entero- de torero que adorne el entorno de esa carnicería, de ese matadero de seres humanos que debería llamarse por su verdadero nombre,  plaza de toreros?

20000427. Toros.

                        ¡Qué lástima, que algunos alcaldes del sur de Madrid, como el de Arganda, tengan que pedir limosna! Peor aún es que la pidan… para divertirse. Pésimo, que pretendan que sea una limosna obligada,sacándonosla a la fuerza del bolsillo, vía subvención de la Comunidad de Madrid. Y lo que ya no tiene nombre es que sea para una “diversión” que ya cuenta con el rechazo creciente de la mayoría de los españoles, avergonzados de un espectáculo cruel para con los animales y peligroso para la integridad física e incluso la vida de sus participantes, como los encierros.

           ¿Hasta cuando tendremos que seguir saliendo a la calle para protestar de que no sólo se tolere, sino que encima se nos saque a la fuerza el dinero  para financiar ese bochornoso espectáculo, vergüenza de propios y extraños?