Ecología – 2000

20000510. Toreros.

                        A diferencia de algunos antitaurinos, a mí me parece bien colocar alrededor de las plazas de toros, como en Las Ventas, estatuas de toreros muertos. Yo incluso situaría junto a esas plazas –como antes se ponían junto a las iglesias los cementerios- unos monumentos fúnebres a todos los que murieron en la triste e indigna labor de divertir con ese nuevo circo romano al “respetable” (¡!) a base de poner su vida en peligro.

           Porque, no nos engañemos, esa es la fascinación morbosa y cruel que llena las plazas. Lo prueba el que aumenta el número de espectadores tras la muerte de un torero. Lo confirman las violentas, brutales protestas de los aficionados contra cualquier intento de hacer menos peligrosas las corridas, como con el afeitado de las astas del toro. Cuando en todo el mundo civilizado está prohibido que los equilibristas actúen sin una red protectora, aquí, como elemento básico del “arte”, se sigue exigiendo que los toreros no estén protegidos.  Para eso pagan caro los espectadores, y muy caro algunos toreros. Ese es el atractivo supremo de las corridas: no ya la “suerte” de los toros, que ya esta asegurada, sino la suerte de los toreros; la posibilidad –digámoslo claro, la esperanza- de conseguir algún día el plato fuerte, premio “gordo” de esa siniestra lotería: el asistir en directo a la muerte de un torero, víctima “voluntaria” del hambre,  de la avaricia o/y del orgullo. De ahí el que los videos de las corridas no sean apreciados por los aficionados a esas emociones.

          Empieza la temporada taurina, se ha levantado la veda sobre la vida humana: ¡Apuesten, hagan juego, “señores”! ¿Cuál será el próximo trofeo –cabeza, busto o cuerpo entero- de torero que adorne el entorno de esa carnicería, de ese matadero de seres humanos que debería llamarse por su verdadero nombre,  plaza de toreros?

20000427. Toros.

                        ¡Qué lástima, que algunos alcaldes del sur de Madrid, como el de Arganda, tengan que pedir limosna! Peor aún es que la pidan… para divertirse. Pésimo, que pretendan que sea una limosna obligada,sacándonosla a la fuerza del bolsillo, vía subvención de la Comunidad de Madrid. Y lo que ya no tiene nombre es que sea para una “diversión” que ya cuenta con el rechazo creciente de la mayoría de los españoles, avergonzados de un espectáculo cruel para con los animales y peligroso para la integridad física e incluso la vida de sus participantes, como los encierros.

           ¿Hasta cuando tendremos que seguir saliendo a la calle para protestar de que no sólo se tolere, sino que encima se nos saque a la fuerza el dinero  para financiar ese bochornoso espectáculo, vergüenza de propios y extraños?