Derechos Humanos – 2004

20041204. Ahogados pateras.

                                La inmensa mayoría de los españoles, aun no teniendo los conocimientos náuticos adecuados, no podíamos dejar, con todo, de sospechar la siniestra realidad, ante los constantes y masivos ahogamientos de inmigrantes en pateras en los mementos en que éstas son interceptadas por las patrulleras españoles. Ahora se ha desvelado el informe de los especialistas: el tipo de barcos empleados para esa tarea no es el adecuado, entre los ya existentes, para realizar dichos abordajes, lo que explica la frecuencia y gravedad de esos accidentes mortales.

                               Resulta difícil suponer una tal ignorancia de las autoridades pertinentes  en cosas tan patentes y propias de su oficio; pero aunque se tratara sólo tan repetidas y mortales “ignorancias” y “negligencias”, esta situación poner cruelmente al desnudo la desproporción entre los medios empleados, con toda razón, para rescatar a ciertos náufragos de nuestra raza, y  el menosprecio ante la vida de quienes no sólo no se salva, sino con demasiada frecuencia se propicia su naufragio, cometiendo de ese modo directamente un interminable rosario de homicidios culposos, al menos por negligencia. ¿Cabe mayor prueba del enorme racismo de una sociedad y de unas instituciones que asisten desde hace ya tanto tiempo a tal naufragio de la más elemental humanidad?

20041201. Gitanos racistas.

                            ¡Basta ya de tanto racismo explotador!  Abusando cobardemente de mis 70 años, he sido víctima en pocos meses y distintas circunstancias de tres intentos de agresión física por parte individuos gitanos. El último atropello acabo de padecerlo en una estrecha calle del centro de Madrid, en la que uno de ellos paró su camioneta y me sacó a empellones de mi coche, que iba detrás, pretendiendo que le había chocado el suyo –muy aboyado por todas partes- cuando mi coche ni lo había tocado y, obviamente por tanto, no tenía ni un rasguño; sólo mis gritos de socorro, que atrajeron la atención de los vecinos, me libraron de que dejara de agarrarme y zarandearme, con el fin –no puedo imaginarme otro- de amedrentarme y extorsionarme.  Unos meses antes, en las cercanías de Sevilla, en un pequeño pero caro hotel, otro gitano que estaba en la recepción me amenazó físicamente porque le pedí la hoja de reclamación, al no funcionar –en pleno verano- el aire acondicionado de la habitación. Y junto a mi casa en Madrid, este mismo año otro gitano se me abalanzó para agredirme cuando le reclamé por llevar mucho rato atronando con altavoz desde su camioneta su mercancía.

                             Los culpables de esta situación son fundamentalmente, como no puede ser de otra manera, esa parte importante del grupo gitano que sigue cometiendo tales abusos, escudándose en su “cultura” y “tradiciones”, y pretendiendo justificarse apelando a pasadas discriminaciones, negándose a vivir de un modo no parasitario y contrario a las leyes que nos hemos dado los españoles, menospreciando o pervirtiendo las ayudas de muy distinto tipo que se les proporciona. Pero también son responsables ciertas ONGs y organizaciones públicas que, apelando también mucho más allá de lo razonable a pasadas injusticias cometidas por nuestra sociedad con esa minoría, con un ya tan exagerado y dañino complejo de culpabilidad, contribuyen a que permanezcan, con su contraproducente paternalismo, ese tipo de abusos. Recordemos el revelador caso de quienes, incluyendo altos cargos públicos, han intentado hace poco excusar conductas tan delictivas y condenables como la del bailador Farruquito. Luchemos, sí, contra la discriminación y racismo contra los gitanos; pero no seamos tan necios que no exijamos con la misma firmeza y severidad el cese del enorme racismo que a su vez tienen no pocos gitanos respecto a los payos, hasta el punto de constituir nuestra explotación, incluso violenta, como  tantos hemos conocido e incluso sufrido personalmente, el modo habitual de vida de ese sector que tanto daña a nuestra sociedad y al resto de los gitanos que se comportan realmente como ciudadanos.