Derechos Humanos – 1999

19991024. Justicia y solidaridad con los inmigrantes.

                                   El español, sin duda, es democrático, que es la manera hoy políticamente correcta de decir dócil. Bien educado por siglos -que no sólo decenios- de autoritarismo, murmura, grita incluso, como los niños, pero, como ellos, acaba yendo a donde le manda el Gobierno de turno, sin soñar siquiera en una resistencia seria, duradera, coordinada, eficaz, en una palabra.

                                   Ya vimos cómo se siguió durante tantos años a un Felipe González, que había prometido un referéndum sobre la OTAN (para salir), 800.000 puestos (que resultaron ser… de descanso), etc. Ahora tendremos -Dios sabe por cuanto tiempo- a un Aznar que «se volvió como un calcetín» respecto a lo que había prometido sobre las Autonomías y mil “detalles” más. Ahora, con flema británica, hemos encajado también su cambio radical en política inmigratoria: de perseguir literalmente a palos a los inmigrantes y deportarlos en masa y narcotizados, con métodos inequívocamente fascistas, a proyectar duplicar en tres años el millón de inmigrantes acumulado en 15 años. «Estamos hartos de contratar ilegales» dicen los empresarios. Pues figúrense ustedes lo hartos que estarán éstos de que les exploten, vejen y expulsen… por grave error, se dice encima ahora.

                                    Muchas ONGs callan o incluso aplauden ante esta nueva política, como una forma de ayuda al Tercer Mundo. Pero la verdadera ayuda sería un comercio justo, que no les obligara a emigrar masivamente, con lo que se empobrecen aún más esos países que han gastado tantos recursos en formarlos para verles marchar en sus años más productivos. Los mismos que vengan, desarraigados, y discriminados incluso siendo legales por una sociedad racista como la nuestra, sufrirán en muchos sentidos. Las personas no pueden ser tratadas como mercancías, desarraigándolas según la tiranía del mercado.

                                    No es tampoco, como pretenden algunos utópicos, con ese tipo de migraciones con lo se hará un mundo más comprensivo, porque son migraciones masivas, con grandes diferencias culturales, y emigran muy forzados, obligados por una muy real esclavitud económica. Todo esto contribuirá a formar unas numerosas minorías no asimilables, ghettos permanentes que, como en otros países de nuestro entorno, crearán también en España enormes y perdurables problemas sociales, que -por no afectarles directamente, siendo gran parte de ellos incluso extranjeros- menosprecian algunos grandes empresarios sin escrúpulos que provocan ese nuevo mercado de carne humana, de «piezas de Indias» o de otra parte.

19990901. Manzano, los obispos y los inmigrantes.

Una vez más, no sólo en el fondo, sino hasta en la forma, el alcalde de Madrid muestra su racismo, su inhumanidad, cuando, al oponerse a la petición de algunos rumanos y concejales de la oposición, dijo despectivamente que no se podían hacer campamentos “para todos los que quieran darse una vuelta por Madrid”.

Jesús proclamó que lo que se hiciera a un pobre, a Él se le hacía. Manzano prefiere estatuas de piedra y bronce, como sus entrañas, exhibiéndose con ellas en muchas procesiones, al son de bandas falangistas.

La jerarquía eclesiástica, en lugar de excomulgarlo como en otras épocas, siguiendo la doctrina de Jesús y para evitar que por rechazo a su conducta se alejen de la Iglesia los verdaderos cristianos, le adula para seguir obteniendo de él, de modo tan oficial como anticonstitucional, muchos miles de millones para suntuosos edificios (y otras muchas cosas), negándose a los pobres, como vemos, hasta las migajas: un campamento de refugiados.

19990419. Racismo creciente en España.

Es todavía una exageración: aunque con frecuencia creciente nuestras fuerzas del orden matan a gente de color, todavía no hemos llegado a los 41 disparos con que abatieron a un inmigrante africano desarmado los policías de Nueva York, a los que nuestras autoridades ponen como blanco ideal a imitar. Y de seguro que, ni de suceder eso aquí se admitiría que fuera un ensañamiento racista, como tampoco pareció a los jueces hace poco ensañamiento machista matar a una mujer de setenta puñaladas. Los «dueños del adjetivo» hacen aquí milagros de interpretación, para mantener la «paz social».