Como justifican patrióticamente nuestro atraso

La reicente encuesta mundial Gallup comprobó que la enorme disparidad económica entre países estaba acompañada de un reparto muy desigual del sentimiento de satisfacción ante la propia vida, ligado a la de seguridad personal y de sus bienes, al número de amigos, etc.

En efecto: desde el momento que la conoce, el subdesarrollado se siente insatisfecho de su inferioridad técnica y económica. En ocasiones, el país reconoce el hecho y cambia su rumbo, como el Japón de los Meiji. Pero lo más frecuente es que los dirigentes, temiendo perder su poder con el cambio, intenten evitar la revolución técnica por medio de una «revolución cultural»; fabrican entonces un mito que explique, justifique y por tanto perpetúe la situación imperante de subdesarrollo.

A corto plazo y ‘para ellos no cabe solución más rápida, cómoda y elegante. En ‘usar de tener que avergonzarse, incluso arrepentirse, y emprender una ardua labor, bastan unas palabras mágicas para transformar idealmente la realidad como por un golpe de predigistación. Basta tener suficiente fe para salvarse: con ella pueden «gloriarse de sus debilidades» como san Pablo y así, ¡oh milagrosa alquimia! reencarnar su complejo de inferioridad en un nuevo complejo de superioridad.

Analicemos, antes del nuestro suramericano, dos mitos justificadores del subdesarrollo que le están ligados tipológica e históricamente.

I.- ISRAEL BIBLIOO. Por su geografía e historia, el Pueblo judío se encontró subdesarrollado ante sus poderosos vecinos, que habían adoptado le revolución agrícola del neolítico. Concibió entonces su atraso como fidelidad al antiguo modo de vida pastoril, cuyos ritos y sacrificios eran los que agradaban a Dios, según encontramos explicado en el relato de la vida de Abel. Sin duda, Caín poseía la agricultura, fundó la Primera ciudad, y su poderío le hizo que triunfara sobre Abel; pero éste era el justo, querido y escogido por Dios, víctima sólo de la envidia y maldad de un *robo. Toda la tradición judía se ha dedicado a exaltar a ese pobre pueblo escogido, por su mismo subdesarrollo agrícola, para enseriar al poderoso y orgulloso (4) mundo agrícolamente desarrollado la verdadera religión, moral, etc. Apenas hoy, después de más de tres mil años de trágica lucha contra el desarrollo agrícola, este mito alienador está siendo en parte superado por aquellos judíos que han vuelto a poner «sobre bases terrenales», hoy todavía agrícolas, su conciencia de grupo, y renunciado así a una identidad sagrada (separada) que los mantenía al margen del resto de la humanidad.

II.- ESPAÑA «MODERNA». Como en el caso le Israel, su aislada, torturada y estéril geografía, sobre todo la castellana que le dio su sello, v su lucha de ocho siglos con los musulmanes hizo que España se sintiera desde los albores de la Edad moderna cada vez más subdesarrollada respecto a Europa. Su dirigentes se encargaron de cambiar ese complejo de inferioridad por otro de superioridad, inculcando al pueblo que Europa despreciaba a España por envidia, porque ella había sido escogida por Dios para mantener la antigua religión, a la que los otros pueblos habían traicionado, «protestando», «reformándose». Conforme a su arcaica infraestructura, también le fue fácil a España mantener las antiguas costumbres, la moral contra la que también habían «pecado», dejándola, las demás naciones de Europa. España se convirtió así. como Israel, en un Pueblo-testigo, «portador de valores eternos» (lose Antonio Primo de Rivera), orgulloso de su sacrificio de mantenerse arcaico, ya que «si nos desarrollamos, creeremos menos en Dios» (Ullastres, Ministro de economía franquista, del Opus Dei).

III.- LATINOAMERICA «ARIELISTA». Enfrentados cada vez más a lis Estados Unidos, y no ya a Europa, los latinoamericanos del siglo pasado sintieron de modo creciente su inferioridad técnica, su subdesarrollo. El cambio real era largo, pesado y (para los dirigentes) Peligroso. De ahí que se apelara también a un mito justificador del subdesarrollo, a una pretendida división internacional del trabajo: el país del Norte se especializaría en lo material, corporal, técnico; los países del Sur, en lo espiritual, artístico, humanista. El máximo representante de esta. «revolución cultural», el Ariel de Rodó, apela a ideologías parecidas, cono -junto a la judeocristiana- la cínica y la. estoica, /para explicar que, sin dejar de serlo, el pobre, incluso el esclavo, pueden salvar su «libertad interior» e incluso dominar (espiritualmente) a sus amos. Contra toda «nordomanía» sostiene el primado del espíritu suramericano sobre el chato positivismo yanqui, que pretende incluso poner a sus órdenes: «la obra del positivismo norteamericano servirá a la causa de Ariel, en último término». Todavía más arcaizante, conforme a sus orígenes, Rubén Darío se enfrenta al «futuro invasor» y le enrostra que si tiene «todo» le falta «Dios».

Apenas es necesario subrayar el descrédito actual de estas concepciones, que se basan en una también arcaica concepción de la separación, más aún, la oposición del «alma» y del «cuerpo». Si hay un principio social demostrado en nuestros días en la interrelación entre los aspectos «materiales» y «espirituales» de una cultura, por conflictivas que puedan ser sus relaciones en sociedades en que se dediquen a estos distintos aspectos de la cultura clases antagónicas entre sí.

En términos cuantitativos, y referentes a nuestra América, cada vez ha sido ele clara la estrecha correlación entre el subdesarrollo y la falta de actividades espirituales, desde el porcentaje de analfabetos hasta el número de libros, conciertos, museos o universidades. pero coso el subdesarrollo y complejo de inferioridad creado Por él es tan profundo y tantas veces se lucha por no buscarle une solución real, no es raro encontrar en nuestros países -y en otros- nuevos brotes de estos mitos del subdesarrollo, con distintos matices políticos, culturales, morales, religiosos o artísticos. Mientras no los extirpemos con decisión, seguirán constituyendo una poderosa rémora para nuestro progreso, ya que permiten mantener un falso orgullo nacionalista sin comprometer al esfuerzo de desarrollar realmente nuestros países.