Animales – 2008

20081211. Toros, razón y democracia.



                             Hay que felicitarse de que algunos vayan entrando, por fin, en Razón, por lo menos en algunas cosas: Primero, que reconozcan que los partidarios de los toros vivos somos ya la mayoría, mientras que los partidarios de torturarlos son una muy decreciente minoría. Y después, cosa admirable en muchos de los “aficionados” a torturarlos, en que hay que respetar los derechos de las minorías. Claro que, no muy duchos aún en eso de la democracia, no han caído en la cuenta de que ese respeto se refiere “sólo” a sus derechos humanos fundamentales.

                              En efecto: contra lo que se defiende en un conocido diario de Madrid, las minorías no tienen derecho a que se respete su opinión sobre quien debe dirigir políticamente un país –para eso están las elecciones- ni tampoco a que se respete su peculiar gusto para maltratar o matar a personas o animales, por más que califiquen esa crueldad de algo muy macho, valiente, tradicional, castizo, etcétera. Esperemos que vayan tomando conciencia de ese “pequeño detalle”, y entren realmente en razón y en democracia.

20081213. Mújica, ni mú.

                                    El que un funcionario público, pagado por todos, llame públicamente “tontos” a la mayoría de los ciudadanos, porque estamos contra la tortura y muerte por diversión de animales, y máxime un mamífero tan hermoso como el toro, es, sin duda, indignante. Pero si, encima, ese funcionario tiene un cargo que exige un especial equilibrio y neutralidad, como el del Defensor del Pueblo, lo menos que podría hacer es dimitir de un cargo que tan mal desempeña, en este como en tantos otros casos en que ha perjudicado a los más débiles. Y ya que le gustan tanto las corridas, y dice gozar de especial sensibilidad para el toreo, ponerse a cuatro patas, a hacer de toro; así quizás aprenda por fin algo ese reincidente bocazas de Mújica que aún no sabe decir bien ni “”.

20081009. Su crisis es su mayor negocio.
                          

                           A pesar de la crisis económica, hay buenas expectativas de negocio para los empresarios de corridas de toros y su entorno. Es un hecho probado, cuantificado, que la asistencia a las corridas aumenta mucho tras la muerte o, al menos, las cogidas graves de los matadores, hasta el punto que alguno debe su fama a ser diestro… en dejarse coger, y tiene “paradójicamente” por ello “fans” incondicionales, como el autoflagelante  (por dinero) José Tomás.

                           La grave cogida del novillero Marín en Valencia abre, pues, buenas perspectivas para aumentar el éxito del espectáculo. Otra cosa, por supuesto, es que sea o no obsceno y el que fomente una fama bochornosa a nuestro país, según reconoce cada vez más en las encuestas una mayoría de españoles.

                           Es, pues, una contradicción sólo aparente -aparte de la crisis económica general-, ese auge actual del toreo. Porque es precisamente su misma crisis propia,  ese creciente rechazo mayoritario,  como las mismas cogidas y muertes de toreros, lo que provoca una mayor afluencia a esas macabras actuaciones de personas atraídas por esa misma fama negativa, ansiosas que están de exhibir pública e impunemente su sadismo –ahora que ya no pueden desahogarse presenciando otros maltratos o ejecuciones-,  aprovechando así los “aficionados” la oportunidad ya, repitámoslo, casi singular, y además  planificada y legal, que les ofrece la increíble pervivencia en el siglo XXI de ese cruel e inhumano espectáculo de tortura, sufrimiento e incluso muerte de animales y hasta personas.

                            Si alguien todavía duda de que ese es el último refugio de los más sádicos no tiene más que recordar la apasionada furia, hasta la agresión física cuando pueden, con que esos residuales partidarios del toreo se enfrentan a sus adversarios, como si quisieran obtener con su irracional embestida el perverso placer que experimentan al presenciar y subvencionar las corridas.

20081008. Apología de la tortura.

Los que tuvieron que comparecer ante los tribunales fueron los que, tras la sangrienta y deliberada tortura de un toro, saltaron a la arena de la plaza de Las Ventas, en Madrid, para protestar del maltrato, tortura y muerte de animales por el placer de “hacerlo bien”. Y en vez de ser ellos los juzgados, figuraban como acusadores y “ofendidos” los sádicos torturadores de animales y sus cómplices, que incluso pagaban por ver tan degradante espectáculo. Ya lo decía una de las pancartas: “El delito es torturar toros”.

JOSEFA ORTEGA OLIAR. MADRID

Como me gustan los toros, me considerará al menos cómplice (y apologeta) de los sádicos torturadores. Si se parte de la convicción de que hay que rechazar todo placer (humano), si para obtenerlo se perjudica a un animal, habría en efecto que prohibirlos. Y por supuesto el fuagrás, el circo, las chuletas de lechal y es probable que hasta las películas del delfín Flipper. De hecho, habría que prohibir casi todo. Adelante, pues.El fuagrás a costa del padecimiento de inocentes ocas puede prohibirse, pero nunca sería yo tan cernícalo como para afirmar que los demás comen fuagrás por sadismo. Lo comen por placer, porque les agrada el sabor o como mucho por hacerse los finos, pero dudo que lo hagan para provocar sufrimiento y me niego a creer que precisamente sea el dolor de las ocas lo que les agrada. Pues lo mismo con los toros: podrá ser un espectáculo cruel, pero desde luego no es sádico. Ningún espectador disfruta del sufrimiento, sino del arte del toreo. Nadie va al fútbol por ver cómo se cansan y sufren unos tíos. Lo que lleva a la gente a la plaza no es el dolor del toro, igual que nadie come fuagrás por el placer que le provoca que revienten el hígado de un pato indefenso. Una empresa con grandes beneficios se hace a costa del sufrimiento de muchos trabajadores, pero no creo que nadie monte una empresa por sadismo, para provocar ese dolor del que obtiene tanto placer. Lo hacen por la pasta. Los faraones no construyeron las pirámides solo por ver llorar a sus esclavos. La gente llena las plazas para ver torear, no por fastidiar a los toros.El toreo es cruel, pero no sádico. La cuestión moral es, ¿qué sufrimiento es admisible, de cuál se puede hacer abstracción, a cambio del placer o beneficio que obtenemos a su costa (pero no de él)? ¿El de los esclavos que construyeron las pirámides? ¿El de los toros? ¿El de los mártires de la Iglesia? ¿El de los animales de laboratorio? Me dirá que todo sufrimiento ajeno, humano, animal o vegetal es igualmente horrible. Vale, muy fácil, pero la moral exige el esfuerzo de establecer distinciones y prioridades. Si dejamos de pedalear con la cabeza, la bici moral se cae al suelo.

20081005. El delito es torturar toros.

                        Los vimos por televisión ante los juzgados. En esta España aún diferente en algunos aspectos, los que tuvieron que comparecer ante los tribunales, aunque, para evitar el escándalo que hubiera supuesto su condena- después fueran absueltos utilizando resquicios legales, fueron los que, tras la sangrienta y deliberada tortura de un toro, saltaron a la arena de la plaza de Las Ventas, en Madrid, para protestar del maltrato, tortura y muerte de animales por el placer de “hacerlo bien”. Y en vez de ser ellos los juzgados, figuraban como acusadores y “ofendidos” los sádicos torturadores de animales y sus cómplices, que incluso pagaban por ver tan degradante espectáculo. Ya lo decía en pocas palabras una de las pancartas de quienes apoyaban a los inculpados a la puerta de los juzgados: “El delito es torturar toros”.

20080925. Espontáneos ejemplares.


                            Sentí un renovado orgullo de nuestra juventud, y esperanzas de una España mejor, el día en que por primera vez saltaron al ruedo, en Madrid, unos espontáneos, no para exponer su vida y torturar salvajemente animales, -arriesgando también su vida por el hambre o un triste deseo de fama-, sino para protestar contra ese escandaloso espectáculo que aun desprestigia nuestro país, a pesar del rechazo cada vez más mayoritario y decidido de nuestra opinión pública.

                             Su valiente y desinteresado gesto de protesta ha encontrado muchos admiradores y seguidores en otros lugares. Sus protagonistas en Barcelona han sido ya juzgados y absueltos, como esperamos lo sean los que el martes 30 de septiembre comparecerán ante los juzgados de Madrid, apoyados por una concentración de ciudadanos que nos solidarizamos con su ejemplar denuncia de tan bochornosa reliquia de épocas felizmente superadas. El delito es el torturar toros. El nombre de esos espontáneos ejemplares brillará, haciendo contrapeso a tantos otros que nos avergüenzan, en esa negra página de nuestra historia, que su actuación está contribuyendo a concluir.

20080904. Gatos antropófagos.



”Los gatos amenazan la pesca más que los hombres”. No se trata de una serpiente de verano. Pero la culpa no es de los gatos; no han vencido su miedo al agua, ni se han puesto a pescar a zarpazos, como otros animales; sino que se debe a los hombres que pescan demasiado, para alimentar con un lujo innecesario a sus gatos. Así exterminan los peces, que eran el alimento humano básico de grandes regiones, como el Norte del Brasil, según denunciara el científico Josué de Castro en su famosa Geografía del hambre. Debemos cambiar algo nuestra insana dieta, e incluso la de nuestros animales de compañía, para no ser ambos devoradores de hombres, antropófagos; en definitiva, para vivir de modo más racional, ser menos inhumanos.

20080816. De las corridas a las cogidas de toros.



                           Cada vez más españoles denunciamos activamente a esa ya exigua minoría que nos desprestigia y nos arrebata millones de euros de nuestros impuestos para sostener, indirecta o directamente, sus crueles espectáculos taurinos. Ahora esos taurinos, entre otros vergonzosos métodos – como los niños-toreros o “democratizar” la muerte y heridas con encierros- están probando un truco que revela descarnadamente qué placer buscan de verdad.

                             En efecto: es bien conocido que tras la muerte de un torero las plazas de toros se llenan de sádicos sedientos de sangre, capaces de pagar a otros para que sean heridos o muertos para divertirse con ello. Pero ese “premio gordo” se hace esperar demasiado para su siniestro gusto. De ahí que haya tenido tanto éxito, y llenado de nuevo los cosos, quien les ofrece con frecuencia el premio menor, la “pedrea” de una grave y sangrienta cogida, como José Tomás. 

                            En su lenta degeneración, apenas se puede pensar en una peor que este convertir en auténticas “cogidas de toros” las antiquísimas “corridas de toros”. Nada más opuesto a aquella fiesta y arte de burlar con destreza la corrida, la embestida del toro, sin causarle daño, y tampoco sufrirlo el toreador. Esas cogidas son, en efecto, –para cualquier mente sana- la prueba indudable del fracaso físico y, con frecuencia, mental del toreador. Pero estos hechos pueden servir a muchos de los aún cercanos al toreo para que renieguen con horror de ese inhumano espectáculo.

20080801. Antitaurinos y republicanos.

                              Con pocos días de diferencia, hemos visto encarcelar a unos antitaurinos por lanzarse al ruedo con carteles contra las corridas, y encarcelar también a quien sustituye una bandera oficial española por la de la (segunda) república. La aparente estridencia de esos actos, de formas más o menos discutibles, no sorprenderá a las personas de buena fe que sepan que ambas opiniones son rígidamente censuradas en los medios de comunicación masiva, incluso cuando pretenden darse a conocer con anuncios pagados, o reúnen manifestaciones de miles de personas en el centro de Madrid

20080428. Condecorar al verdugo.

Esperemos que el nuevo Ministerio de Cultura sea más consecuente con su nombre, y con los sentimientos humanitarios, y con el creciente fuerte rechazo de la mayoría de los españoles a las corridas de toros. Porque si una ministra de Cultura fue cesada pocos días después de asistir ostentosamente a una de esas “artísticas” torturas y matanza de toros en Barcelona, no se debió por desgracia a ese vergonzoso hecho, como demostró después el oprobioso otorgamiento a un verdugo de toros por el mismo Ministerio de la Medalla de Oro de las Bellas Artes (¡!).